viernes, 19 de diciembre de 2014

Carta de despedida de una ex alumna

Hoy creo que hay dos formas de empezar, o en realidad de cerrar, esto.  Por un lado, podemos ponernos melancólicos, recitar el famoso dicho de que lo bueno dura poco y de que ningún momento está destinado a durar para siempre. Podemos llorar sobre cada día que pasamos en el colegio y en cómo seguramente lo podríamos haber aprovechado un poquito más. Podemos además, sonreír con nostalgia en memoria de todas las veces que sonreímos acá adentro, y quizá, sonreír un poco más, tímidamente pensando en todos los retos, que tampoco faltaron durante estos cinco años. Podemos también divagar en el “qué hubiera pasado sí…”, entrando en ideas remotas y proyectos incumplidos; y arrepentirnos de todas las cosas y situaciones que, en algún momento y con la excusa de  “todavía hay tiempo”, dejamos de hacer y preferimos no encarar. Y quizás, solo quizás, nos faltó darnos cuenta de que no era verdad.  Que el tiempo no espera ni se detiene, y que cada minuto que pasa es único, justamente por esta razón. Por lo efímero de las circunstancias y por la rapidez con la que se suceden las cosas. Y porque si bien, es cierto que algunos momentos son más efímeros que otros, lo cierto es que al final todos se terminan.

Pero nosotros lo sabíamos. Lo supimos desde el día en que pisamos por primera vez esta secundaria, después de quejarnos hasta el cansancio por tener que lidiar con cinco años más de estudio; y lo supimos en el momento en que los mayores nos contestaron tranquilamente “es sólo una etapa más, cinco años pasan volando…”.

Y así fue. Es un poco triste el pensar que hay un vencimiento para las cosas. Es como ponerse a andar por un camino recto, en el que no alcanzamos a avistar el final, y no obstante, sabemos que en un punto se termina. Sin embargo, conforme vamos avanzando por el camino, nos acostumbramos a él. A su aire que cambia de vez en cuando, a la monotonía del paisaje, y al acompasado ritmo de nuestros pasos. Nos acostumbramos a su esencia, a su aroma y a su textura.

Y empezamos a percibir detalles. Y entonces sentimos el sonido del viento al rozarnos, el pasar de las horas, y el vaivén constante de las hojas en el camino. Entendemos la aspereza del suelo, pero es esta misma la que nos invita a continuar, con la prometedora oferta de un suelo mejor. Y seguimos avanzando. Comenzamos a ver carteles, anuncios, señuelos, todos indicando que el final del recorrido se acerca. Pero sorprendentemente, preferimos no mirar y seguimos andando, intentando en vano alentar la marcha. Y cuando inevitablemente llegamos, resulta ser que el pasar de las horas no era tan eterno, y la aspereza del suelo no era tan áspera. Nos cuesta comprender lo mucho que nos encariñamos con cada una de las cosas que formaron parte del trayecto, cosas que se fueron gradualmente convirtiendo en una extensión de nosotros mismos.

También es cierto que si bien siempre supimos cuando se iba a acabar, hoy puedo decir que nos encargamos de construir el mejor mientras tanto.  Gracias infinitas a un curso que no dejo pasar un solo día en cinco años sin reírse a carcajadas, sin preocuparse por cada uno de nosotros, sin cuidarnos y defendernos desde adentro. “Son un bloque” nos dijeron tantas veces sin darse cuenta de los aspectos positivos que esto significaba.

Gracias a un 4to año espectacular, que nos acompañó en proyectos, recreos y risas. Gracias a un equipo docente y directivo que logró tolerarnos y aprender a querernos. Y gracias por sobre todas las cosas al colegio, con todas las personas que implica, por ser ese “camino recto” que hoy nos cuesta tanto soltar.

Pd: Eternas gracias a mi bloque favorito y a todos los que ayudaron a construirnos como tal.